Son las 7 de la mañana en el Potrero.

Abro la ventana -para que entre la gracia de Dios,
dicen las gentes- y oigo los ruidos mañaneros:
risas de niños que van a la escuela;
gritos de mujeres que se llaman unas a otras;
voces de hombres que arrean a sus animales.

Es el sonido de la vida.

Las 7 de la mañana es hora mágica.

Son las 3 de la tarde en el Potrero.

Hasta el viento que baja de la sierra se ha aquietado.

Nadie va por las casas.

Roza apenas la tierra el sol de invierno.

Todo calla.

Es el silencio de la vida.

Las 3 de la tarde es hora mágica.

Son las 11 de la noche en el Potrero.

Van por el aire los aullidos de los coyotes
y los persigue el ladrido de los perros del rancho.

Llega a mi cuarto el crepitar del último leño en el fogón de la cocina, y se oye el tic tac acompasado del viejo reloj que está en la casa desde antes de estar yo.

Es la eternidad de la vida.

Las 11 de la noche es hora mágica.

Todas las horas de la vida son mágicas.

Toda la vida es mágica.